La infancia migrante bajo amenaza

La infancia migrante bajo amenaza


Por Daniel Lee Vargas

En los ojos de un niño migrante, el miedo no es un concepto abstracto. Es el nudo en la garganta cuando sus padres salen a trabajar sin certeza de regresar. Es el silencio que inunda la casa cuando en la televisión aparecen imágenes de redadas y detenciones. Es la carga emocional de saberse vulnerable en un país donde la amenaza de deportación pende sobre su familia como una espada invisible.

Para miles de niños mexicanos en Estados Unidos, la infancia no es sinónimo de juegos y despreocupación. La ansiedad y el miedo constante forman parte de su día a día, afectando su bienestar emocional y su capacidad de aprendizaje. En la escuela, el sonido de una sirena o una llamada inesperada pueden ser suficientes para sumirlos en una crisis de pánico. No es solo el temor a ser separados de sus padres, sino la incertidumbre de qué será de ellos si eso sucede.

Las consecuencias psicológicas son profundas y duraderas. Estudios han demostrado que el estrés crónico provocado por la inestabilidad migratoria puede derivar en trastornos de ansiedad, depresión e incluso estrés postraumático. Para estos niños, el futuro no se construye con sueños, sino con la angustia de un presente incierto.

Cuando imaginaríamos que un aula de escuela se convertiría en un campo de batalla, pero sí. El miedo trasciende los hogares y se cuela en las aulas. Muchos niños evitan la escuela por temor a que las autoridades migratorias rastreen a sus familias. Aquellos que asisten, lo hacen con la presión de tener que sobreponerse a un sistema que, en lugar de protegerlos, los empuja a la marginalidad. Su rendimiento académico se ve afectado, no por falta de capacidad, sino por el peso de una realidad que los condena al aislamiento y la inseguridad.

Las redadas y separaciones de familias no son solo eventos aislados; son heridas abiertas en el tejido social. La detención de un padre o una madre no es solo una tragedia familiar, es un golpe brutal al desarrollo de un menor que se queda sin guía ni apoyo. Aunque existen organizaciones que ofrecen ayuda, los obstáculos burocráticos y la falta de acceso a servicios psicológicos y legales adecuados limitan su efectividad.

Más allá de cualquier debate político, la protección de los niños migrantes es un imperativo moral. La infancia no debe ser una batalla contra la incertidumbre. La comunidad internacional y los gobiernos deben priorizar políticas que garanticen su seguridad, bienestar y estabilidad. La educación, la salud mental y la reunificación familiar deben ser ejes centrales de cualquier iniciativa que busque reparar el daño que las políticas migratorias inflexibles han causado en estos menores.

Un niño no elige dónde nace ni las circunstancias que lo rodean. Pero sí merece crecer sin el peso del miedo, sin la amenaza constante de perderlo todo. No se trata solo de leyes o fronteras, sino de humanidad. Es momento de dejar de tratar la migración como un problema y empezar a verla como lo que realmente es: una realidad que demanda respuestas justas y compasivas.

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