El regreso de la misión Artemis II este 10 de abril no solo representa un hito en la navegación espacial, sino también un caso de estudio fascinante para la medicina. Durante los diez días de su travesía, los cuerpos de Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen se convirtieron en laboratorios vivientes, experimentando una transformación acelerada para adaptarse a la falta de gravedad.
Desde el momento en que la cápsula Orion alcanzó la órbita, el organismo de los astronautas comenzó una carrera contra el tiempo para ajustarse a la microgravedad, un proceso que altera desde la distribución de los líquidos internos hasta la estructura misma de los huesos.
¿Qué le pasará a la sangre de los astronautas?
Lo primero que experimenta un astronauta al salir de la atmósfera es el desorden de sus “cañerías orgánicas”. Sin la gravedad para empujar los líquidos hacia abajo, la sangre y otros fluidos se desplazan hacia el torso y la cabeza. Aunque el sistema de válvulas de venas y arterias logra estabilizarlos eventualmente, el costo inicial es el Síndrome de Adaptación Espacial.

Este trastorno, que suele durar los primeros tres días de la misión, provoca náuseas, mareos, fuertes dolores de cabeza y una desorientación profunda. Sin embargo, el cambio más crítico ocurre en el flujo sanguíneo cerebral. Al no haber resistencia gravitatoria, el corazón bombea con la misma fuerza, aumentando la presión intracraneal. Este fenómeno puede presionar los capilares del nervio óptico, generando un edema que, en misiones largas, ha causado daños visuales permanentes, aunque en los miembros de Artemis II se espera que sea un efecto transitorio.

¿Perderán mucho peso los astronautas?
Uno de los puntos más preocupantes para los médicos de la NASA es la rapidez con la que el cuerpo se “deshace” de lo que cree que ya no necesita. Al no tener que combatir la gravedad para moverse, la masa muscular puede disminuir hasta un 20% en solo dos semanas.
En cuanto al sistema óseo, el cambio es drástico: los huesos comienzan a desmineralizarse diez veces más rápido que en la Tierra. Se estima que la tripulación de Artemis II perdió alrededor del 0.5% de su masa ósea en esta semana de viaje. Para contrarrestar esto, la ciencia espacial está desarrollando ejercicios de impacto, como saltar utilizando gomas de resistencia, hallazgos que también prometen ayudar en el tratamiento de la osteoporosis en pacientes “terrícolas”.

Los astronautas podrán sufrir de radiación espacial
Fuera de la protección de la magnetósfera terrestre, los astronautas estuvieron expuestos a niveles más altos de radiación espacial. Durante estos diez días, recibieron entre 10 y 20 milisieverts, una dosis equivalente a lo que un humano normal absorbería en cinco años por fuentes naturales, o el impacto de diez radiografías de cuerpo completo.
Aunque este nivel puede provocar cambios sutiles en el ADN, el corto tiempo de la misión minimiza el riesgo de daños graves.
A pesar de estos cambios físicos, se espera que los cuerpos de los cuatro tripulantes retornen a su estado inicial tras un periodo de rehabilitación en la Tierra. No obstante, el cambio más profundo no será biológico, sino neurológico: la huella de haber visto con sus propios ojos la cara oculta de la Luna y la Tierra en la distancia permanecerá grabada en sus conexiones neuronales para siempre.

