El mundo del arte y el diseño amanece con una noticia que marca el fin de una era. Este jueves, se confirmó el fallecimiento de Pedro Friedeberg, el último gran exponente del surrealismo en México, a los 90 años de edad. El deceso ocurrió en la tranquilidad de su hogar en San Miguel de Allende, Guanajuato, rodeado de sus seres queridos.
La noticia fue difundida por su familia a través de sus canales oficiales, expresando su gratitud por el tiempo compartido con el artista: “Su obra y su espíritu creativo dejan un legado inmenso” compartieron en redes sociales, provocando una ola de condolencias de instituciones culturales y coleccionistas de todo el mundo.
Vida y obra del arquitecto Pedro Friedeberg
Nacido el 11 de enero de 1936 en Florencia, Italia, en el seno de una familia judeoalemana, Friedeberg llegó a México a los tres años huyendo de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Aunque inició sus estudios de arquitectura en la Universidad Iberoamericana, su encuentro con el maestro Mathias Goeritz cambió el rumbo de su carrera. Goeritz reconoció de inmediato su talento y lo impulsó a abandonar el racionalismo funcionalista para abrazar las artes plásticas.
Friedeberg se convirtió en un pilar del grupo “Los Hartos”, un colectivo de artistas que, en los años 60, se manifestó contra la solemnidad del arte de la época. Junto a figuras como Leonora Carrington, Remedios Varo y José Luis Cuevas, Pedro cultivó una estética irreverente, iconoclasta y profundamente simbólica.

La “Silla-Mano”: El icono que desafió al diseño mundial
Si hay una pieza que define la genialidad de Friedeberg es, sin duda, la “Mano-Silla”. Diseñada originalmente en 1962, esta obra rompió la barrera entre la escultura y el mobiliario. La idea de sentarse sobre la palma de una mano, utilizando los dedos como respaldo, se convirtió en un símbolo global del surrealismo pop.
A lo largo de seis décadas, esta pieza ha sido reproducida en innumerables escalas y materiales, convirtiéndose en un objeto de deseo para museos como el MoMA de Nueva York y el Louvre de París. Sin embargo, su obra fue mucho más allá: pinturas laberínticas, murales cargados de esoterismo y una arquitectura conceptual que desafiaba la gravedad y la lógica.

El legado de un artista en México
La obra de Pedro Friedeberg es fácilmente reconocible por su ornamentación exuberante. Sus composiciones suelen estar repletas de referencias a los códices mesoamericanos, religiones antiguas y tradiciones místicas, todo mezclado con un humor ácido y una excentricidad que él mismo portaba como estandarte.

Fue un artista que nunca se ajustó a las modas. Su técnica de grabado y dibujo mostraba una precisión arquitectónica, pero sus temas siempre pertenecieron al mundo de los sueños y el subconsciente. Con su partida, se cierra el círculo de los grandes artistas inmigrantes que transformaron a México en la capital mundial del surrealismo en el siglo XX.
San Miguel de Allende despide a su ciudadano distinguido
En sus últimos años, Friedeberg hizo de San Miguel de Allende su refugio creativo. A pesar de sus raras apariciones públicas, su presencia en la ciudad era un recordatorio constante de la vitalidad del arte mexicano contemporáneo. Sus restos serán despedidos en una ceremonia privada, pero su influencia permanecerá en cada galería, casa y espacio público que albergue una de sus manos protectoras.

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