La segunda jornada del festival Coachella se convirtió este sábado en un ejercicio de memoria y contraste musical. Justin Bieber, quien mantuvo una ausencia de los escenarios masivos desde la interrupción de su gira en 2022, retomó el protagonismo con un espectáculo que recorrió desde sus más recientes producciones hasta sus orígenes como fenómeno de internet.
Bajo una estética minimalista y ataviado con una sudadera rosa, el intérprete canadiense inició su presentación con “All I Can Take”, pieza que encabezó un bloque de más de diez canciones extraídas de sus álbumes SWAG y SWAG II.
El setlist transitó por diversos matices rítmicos, provocando momentos de contemplación donde los asistentes permanecieron sentados, seguidos de estallidos de baile con sus éxitos más emblemáticos.
Interactividad y el choque generacional con The Strokes
Uno de los elementos distintivos de la noche fue el uso de una computadora en el escenario, herramienta con la cual Bieber gestionó peticiones en tiempo real de los espectadores que seguían la transmisión vía YouTube.
En este formato de “karaoke masivo”, el cantante revivió temas como “Baby” y “Favorite Girl”, además de proyectar el video de su versión de “With You”, material que lo dio a conocer a los 13 años.
Sin embargo, la presencia masiva de sus seguidores, denominados Believers, generó fricciones simbólicas con otros actos del cartel. Durante la presentación de The Strokes, banda que antecedió al canadiense, los integrantes de la agrupación neoyorquina lanzaron comentarios irónicos sobre su posición en el programa.
“Quiero darles las gracias por haber cumplido nuestro sueño de toda la vida de ser teloneros de Justin Bieber”, dijo.
El cierre del espectáculo de Bieber contó con una robusta lista de invitados, entre los que destacaron Tems, Wizkid, Dijon y Mk.gee, reforzando la diversidad sonora que el cantante ha explorado en sus últimas colaboraciones.


Vanguardia industrial y el avance iberoamericano
Mientras el pop dominaba el escenario principal, el Empire Polo Club fue testigo de una propuesta diametralmente opuesta con Nine Inch Noize. Esta alianza entre Nine Inch Nails y el productor Alexander Ridha desplegó una puesta en escena visceral, caracterizada por visuales en rojos y negros, ritmos electrónicos pesados y una coreografía caótica que ofreció una experiencia disruptiva en el festival.
En el ámbito de las nuevas promesas, el joven artista Sombr destacó por su estética de rock clásico y una presentación ecléctica que incluyó a Billy Corgan para interpretar el tema “1979”. Corgan, líder de The Smashing Pumpkins, repitió su aparición en Coachella tras haber participado el año anterior con My Chemical Romance.
La cuota en español y la presencia latinoamericana también reclamaron su espacio. Los colombianos de Morat celebraron su debut en el desierto con el objetivo de consolidar el pop rock en español en escenarios globales.
“Debutar en Coachella es uno de esos momentos que siempre imaginamos, pero que se siente completamente distinto cuando finalmente pasa”.
A estas propuestas se sumaron el español Rusowsky, con su distintiva estética de peluca y lentes oscuros en el escenario Sonora, y la brasileña Luísa Sonza, quien inyectó energía al festival junto a la argentina Emilia Mernes, cerrando así una jornada donde la diversidad de géneros fue el denominador común.
