El 19 de septiembre de 1985 marcó un antes y un después en el ámbito de Protección Civil en la República Mexicana, la falta de organización que permeó en aquel momento evidenció la necesidad gubernamental de incorporar protocolos para concientizar a la sociedad civil sobre cómo actuar ante movimientos telúricos y otros fenómenos naturales, varios de ellos, impredecibles.
En un país con alta actividad geológica como México, la tecnología de prevención transformó la manera en que la población enfrenta los temblores. La alerta sísmica se convirtió en una herramienta clave para ganar un tiempo valioso antes de que las ondas destructivas sacudan la tierra en zonas pobladas. Lejos de predecir el fenómeno, este mecanismo se ejecuta en el momento exacto en que ocurre una ruptura telúrica.
Ciencia de la detección y velocidad del aviso
El núcleo de este despliegue preventivo se fundamenta en el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX), administrado por el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES), cuya infraestructura consta de cerca de un centenar de estaciones de monitoreo dotadas de sensores sísmicos y distribuidas a lo largo de las franjas costeras y regiones con mayor frecuencia de movimientos telúricos.

Las leyes físicas son el principal elemento aprovechado, ya que mientras que las ondas sísmicas avanzan por el terreno a través de la masa terrestre a unos cuantos kilómetros por segundo, la señal de radio viaja por el aire casi de forma instantánea y al registrarse un movimiento en el área del epicentro, los censores –detectan los movimientos y los convierten en datos digitales– miden la intensidad del evento en tiempo real y emiten un aviso inalámbrico que llega a las metrópolis mucho antes de que el temblor sea perceptible.

Umbrales técnicos que determinan la activación
El sistema no emite alertas ante la presencia de cualquier vibración de la corteza terrestre, para asegurar la utilidad de la medida y evitar la saturación del pánico, se aplican fórmulas matemáticas precisas que consideran la cantidad de energía producida y la cercanía geográfica.
Para que los altavoces urbanos o receptores específicos comiencen a sonar, se requiere la validación simultánea de por lo menos dos sensores cercanos a la fuente. Por ejemplo, un evento cercano a un centro urbano exigirá una magnitud superior a 5.0 para encender los parlantes; en cambio, si el punto de origen se localiza a distancias mayores a los 350 kilómetros, el temblor deberá sobrepasar la barrera de los 6.0 grados para justificar la activación.
- Mayor a magnitud 5 a menos de 250 km de la ciudad.
- Mayor a magnitud 5.5 a menos de 350 km.
- Mayor a magnitud 6 a más de 350 km.

Segundos vitales para ponerse a salvo
La brecha cronológica entre el momento en que se percibe la sirena y el inicio de la sacudida se denomina tiempo de oportunidad y dependiendo de la distancia que separe a la población del epicentro, esta ventaja oscila entre unas pocas decenas de segundos y más de un minuto.

Durante esa fracción de tiempo, se activan de inmediato los protocolos de emergencia institucional y personal. Se abren rutas de evacuación, se detienen maquinarias e instalaciones de riesgo, y las personas logran ubicarse en zonas de menor peligro. Organismos de supervisión como el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) señalan que la efectividad del sistema no solo reside en la infraestructura de ondas de radio, sino en la rapidez de respuesta con la que cada ciudadano procesa la advertencia.
Por ello, en el marco del Segundo Simulacro Nacional que se llevará a cabo el sábado 19 de septiembre a las 12 horas para rememorar los sismos de 1985 y 2017, es importante tener conciencia cívica sobre este tipo de acontecimientos y sobre todo de los mecanismos que son la diferencia entre la vida y la muerte.

