En el corazón del Pueblo Mágico de Álamos, una estrecha vía de piedra mantiene su estatus como uno de los puntos históricos más emblemáticos de Sonora. El Callejón del Beso, nombre que recibe por una tradición popular, atrae cada año a cientos de miles de visitantes.
Turistas y parejas locales visitan este espacio, que conecta La Alameda y el Mercado Municipal con la Plaza de Armas, con el fin de cumplir con el ritual que, según la creencia, asegura un amor verdadero por la eternidad.
A pesar de su fama actual, la denominación del sitio ha variado con el tiempo. Originalmente, los habitantes se referían a esta vía como el Callejón Angosto, nombre que todavía emplean los residentes de mayor edad.
Otros registros históricos lo identifican como el Callejón Martín Garatuza, en memoria de un personaje del siglo XVII que, bajo el disfraz de clérigo, realizó actos de rebeldía contra la Inquisición al estilo de Robin Hood.

Relatos de tragedia y balcones coloniales
La arquitectura del callejón, compuesta por algunas de las construcciones más antiguas de la ciudad, es el escenario de relatos que mezclan la historia con el mito. La disposición original de las fincas contaba con dos balcones cuyas rejas guardaban una cercanía extrema.
En la actualidad, solo sobrevive uno de estos balcones, pieza clave en la narrativa de dos jóvenes enamorados cuyas familias mantenían una enemistad.
Una de las versiones de la leyenda indica que el padre de la joven, al descubrir el encuentro romántico, terminó con la vida del pretendiente de un disparo.
Una variante del relato señala que el padre del joven fue quien bloqueó el acceso al balcón; ante la imposibilidad de verse, ambos protagonistas habrían optado por el suicidio mediante el consumo de veneno.


El impacto del turismo
Aunque el sitio conserva su valor cultural, la afluencia masiva de personas ha traído consecuencias negativas para la conservación de la estructura.
En años recientes, se reportan actos de vandalismo en las paredes y en el propio empedrado del lugar. Diversos visitantes graban sus iniciales y las de sus acompañantes como una marca de su paso por el sitio, lo que afecta la integridad visual de este monumento histórico.
Pese al deterioro, la tradición de sellar el compromiso con un beso prevalece. La creencia popular sostiene que este gesto en el tercer escalón o bajo el balcón sobreviviente garantiza un vínculo indestructible.
