“Traer 200 pesos en la cartera es suficiente para aplicar la austeridad republicana”, solía presumir el expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en sus mañaneras, una utopía que difícilmente han adoptado sus vástagos, entre ellos, José Ramón López Beltrán, hijo mayor del exmandatario, quien una vez más está en el centro del debate público tras ser captado con su familia disfrutando de unas vacaciones en el Magic Kingdom de Walt Disney en Orlando, Florida. En la entrada del restaurante Be Our Guest, restaurante temático de la película La Bella y la Bestia.
Exclusividad y el buen vivir
Comer en el citado lugar tiene un costo de 72 dólares por adulto y 43 dólares por niño, que al tipo de cambio actual, equivale a unos mil 250 pesos por adulto y 750 pesos por niño, sin contar propinas ni el costo de acceso al parque de diversiones.
López Beltrán se mantiene en el ojo público debido a las constantes publicaciones que evidencian sus viajes y consumos exclusivos, panorama que genera un choque inmediato con la retórica de sobriedad y desapego material que promovía su padre, quien en reiteradas ocasiones afirmó que un ciudadano “solo necesitaba un par de zapatos y que él mismo únicamente portaba un billete de 200 pesos en su cartera”.
Incongruencia ideológica
En los últimos años, en diversas ocasiones han capturado al primogénito de López Obrador en destinos turísticos de alta gama y centros comerciales de prestigio. Entre los episodios más señalados se encuentran sus vacaciones familiares en Aspen, Colorado, y estancias en exclusivos complejos de la Riviera Maya. Asimismo, se han documentado visitas a parques temáticos internacionales y traslados en vehículos de lujo, además de compras en exclusivas boutiques de diseñador en Houston, Texas, una de sus ciudades de residencia.
Ante los cuestionamientos, el señalado ha afirmado que sus ingresos provienen legítimamente de su trabajo en el sector privado como asesor legal y que sus gastos personales son ajenos al erario. Sin embargo, la frecuente exposición de sus comodidades cotidianas sigue alimentando la discusión sobre la congruencia del entorno familiar frente a las directrices de pobreza franciscana que marcaron el discurso oficial, evidenciando una notable distancia entre la retórica política y la práctica de la vida privada.
