En una nueva demostración de fuerza en aguas internacionales, la Guardia Costera de los Estados Unidos llevó a cabo este jueves 15 de enero de 2026 la incautación del buque petrolero Veronica.
La embarcación, identificada como parte de la denominada “flota fantasma” que transporta crudo sancionado, fue abordada en el Mar Caribe bajo cargos de desacato a la cuarentena marítima impuesta por la administración del presidente Donald Trump.
La noticia fue confirmada por la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quien a través de un comunicado en la red social X calificó la operación como “impecable” y alineada con el derecho internacional. El operativo no fue un esfuerzo aislado; contó con la coordinación táctica de los departamentos de Defensa, Estado y Justicia, subrayando la prioridad que Washington otorga al bloqueo de recursos financieros hacia el entorno que sostenía al gobierno anterior en Venezuela.
El fin de la “flota fantasma” en el Caribe
El Veronica es el sexto buque cisterna confiscado por las fuerzas estadounidenses en las últimas semanas. Según los informes de inteligencia naval, la embarcación había transitado recientemente por aguas territoriales venezolanas, intentando evadir los radares y las sanciones internacionales que prohíben la comercialización del crudo del país sudamericano.
“No hay forma de eludir ni escapar de la Justicia estadounidense, punto”, sentenció Noem, acompañando su mensaje con imágenes de video que muestran a equipos tácticos descendiendo sobre la cubierta del tanquero. Esta serie de incautaciones busca desmantelar la red de logística marítima que permitía el flujo de capitales hacia estructuras gubernamentales no reconocidas por la Casa Blanca.

Operación Lanza del Sur: Presencia militar reforzada
Esta acción se enmarca en la Operación Lanza del Sur, una estrategia militar y de seguridad que EE. UU. intensificó desde agosto del año pasado. Originalmente diseñada para combatir el narcotráfico, la operación ha evolucionado hacia un bloqueo naval estricto.
En este contexto, la presencia aérea y naval en el Caribe ha permitido no solo la captura de petroleros como el Olina, M/T Sophia, Centuries y Skipper, sino también la intercepción de buques en el Atlántico Norte, como ocurrió la semana pasada con el Marinera, anteriormente conocido como Bella 1.
Las autoridades estadounidenses han sido claras: cualquier embarcación que preste servicios a la industria petrolera venezolana sin autorización de Washington corre el riesgo de ser destruida o incautada, una medida que ha elevado la tensión en las rutas comerciales del hemisferio occidental.
Un tablero político en transformación
La incautación del Veronica ocurre en un momento de altísima sensibilidad diplomática. Apenas el pasado 3 de enero, fuerzas estadounidenses capturaron en Caracas a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados de inmediato a Nueva York para enfrentar cargos penales.

Este vacío de poder llevó a Delcy Rodríguez a asumir la presidencia interina en Venezuela.
Resulta significativo que la captura del buque se produzca solo horas antes de una reunión crucial en la Casa Blanca entre el presidente Trump y la líder opositora venezolana, María Corina Machado.
Mientras Trump mantiene un diálogo telefónico con Rodríguez para abordar temas de petróleo y minerales, la presión militar en el Caribe envía un mensaje inequívoco: Washington mantiene la tutela sobre el flujo energético de la región.
El destino del Veronica y su carga ahora queda en manos de los tribunales estadounidenses, mientras la administración Trump reafirma que los acuerdos para recibir millones de barriles de crudo venezolano se darán bajo sus propios términos de seguridad y legalidad internacional.
