A tan solo un mes del silbatazo inicial de la Copa del Mundo, la atmósfera en las oficinas de la FIFA dista mucho de ser festiva. Bajo la administración de Gianni Infantino, el organismo rector del fútbol mundial se encuentra sumido en un estado de profunda inquietud. La razón es una cifra que no termina por cuadrar: la venta de entradas. A pesar de las narrativas oficiales que presumían haber recibido más de 500 millones de solicitudes de boletos, la realidad comercial está muy por debajo de las expectativas proyectadas para este torneo masivo.
El nerviosismo de los altos mandos no es infundado. Mientras los ejecutivos se preocupan por las métricas financieras, los aficionados leales enfrentan una angustia real. Seguir a una selección nacional en este certamen se ha convertido en una odisea que podría alterar permanentemente las finanzas personales de los seguidores. Estimaciones de la Football Supporters Association (FSA) y de figuras como Peter Moore, ex director ejecutivo del Liverpool, sugieren que el costo total para acompañar a un equipo hasta la gran final oscila entre los 10 mil y 35 mil dólares.

El choque entre el fútbol como cultura y el deporte como mercancía
Esta situación ha generado críticas incluso en los círculos más cercanos a la FIFA. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a pesar de su cercanía personal con Infantino —quien incluso le otorgó un controvertido Premio de la Paz—, no ha dudado en calificar los precios como excesivos. Tras los reportes de The Athletic sobre las bajas ventas para el partido inaugural en Los Ángeles, el mandatario fue contundente: “Yo tampoco lo pagaría”. Trump añadió que se sentiría “decepcionado” si sus propios votantes quedaran excluidos del evento por barreras económicas.
Detrás de la crisis de precios subyace una fractura filosófica fundamental sobre la naturaleza del deporte. Por un lado, sobrevive la visión europea de la disciplina como un bien cultural protegido; por el otro, se impone el modelo estadounidense, que trata al fútbol como un producto de mercado diseñado para maximizar beneficios. La FIFA, aunque registrada como una entidad sin fines de lucro, parece haber adoptado plenamente la segunda postura. El mercado secundario oficial ha permitido situaciones escandalosas, como la reventa de boletos para la final por más de un millón de dólares, mientras el organismo cobra comisiones del 15% tanto al comprador como al vendedor por “facilitar” la transacción.
Un modelo de negocio que amenaza la identidad del Mundial
La estrategia de la oficina de Infantino, aparentemente guiada por asesores enfocados en la extracción máxima de ingresos, marca una ruptura histórica con el pasado. Incluso en épocas cuestionadas como la de Joao Havelange, existía un temor a la reacción de la afición ante precios estratosféricos. Hoy, esa preocupación parece haber desaparecido, a pesar de que el Mundial proyecta ingresos récord de 11 mil millones de dólares, superando por mucho los 7 mil millones recaudados en Qatar 2022.
Fuentes internas citadas por The Independent y otros medios señalan que muchas decisiones de precios se tomaron directamente desde la cúpula de Infantino, sin la participación de figuras clave de la organización. Esta centralización ha llevado a implementar medidas paliativas, como entradas de 60 dólares en “categoría 4”, las cuales resultan insuficientes y generan situaciones absurdas en los estadios, donde familiares podrían estar sentados juntos con una diferencia de precio de miles de dólares entre sus asientos.
Finalmente, el impacto económico no recae solo en el aficionado. Las ciudades anfitrionas enfrentan un déficit colectivo de más de 250 millones de dólares al absorber gastos de seguridad e infraestructura, mientras la FIFA retiene la gran mayoría de los ingresos. Expertos en gobernanza deportiva advierten que este modelo de exclusión económica podría destruir el valor emocional del torneo. Al expulsar a los aficionados más apasionados —aquellos que crean la atmósfera y la identidad del fútbol—, la FIFA corre el riesgo de convertir el evento deportivo más importante del planeta en un espectáculo elitista y carente de alma, amenazando la verdadera esencia de este deporte a largo plazo.

