Hay algo poético en el cruce de dos mundos aparentemente irreconciliables. Por un lado, la doctrina oficial que prescribe privaciones franciscanas y desprecio hacia el consumo burgués; por el otro, el mercado internacional de arte contemporáneo, caracterizado por transacciones opacas y precios astronómicos.
En medio de esta grieta ideológica está Andrés Manuel López Beltrán, quien decidió que la mejor manera de encarnar la austeridad era adquiriendo una cotizada pieza de la artista japonesa Yayoi Kusama por cerca de 30 mil dólares, aproximadamente 500 mil pesos mexicanos, aquel 14 de marzo de 2024, en la galería Manavia Fine Arts, durante su viaje a Tokio, Japón.

Resulta esclarecedor cómo los dogmas de moderación personal se flexibilizan cuando se trata de satisfacer inclinaciones intelectuales. El discurso público exige sobriedad al ciudadano común, no obstante, el junior partidista no temió abrir la cartera en una galería del lejano oriente.
Hipnosis de los lunares frente al rigor del discurso
La propuesta visual de Kusama gira alrededor del concepto del “borrado de la personalidad” a través de patrones repetitivos de lunares que sofocan el espacio. La metáfora no podría ser más precisa para la coyuntura actual: el individualismo aspiracional que el régimen critica agriamente en la tribuna pública termina desvaneciéndose en las paredes particulares de sus propios voceros.
Traer una serigrafía de doce kilos desde el otro lado del planeta no es un trámite sencillo ni barato, pero el compromiso con la cultura universal todo lo justifica. Mientras los simpatizantes aprenden a vivir con lo elemental, las altas esferas del movimiento demuestran que es posible mantener la fe en la causa mientras se contempla una obra de clase mundial en el comedor.

Espejo infinito de conveniencia ideológica
Las famosas instalaciones de espejos de Kusama multiplican las imágenes hasta el infinito, creando una ilusión donde la realidad pierde sus contornos. Al final, la adquisición no representa un simple gusto por la pintura contemporánea; es la prueba irrefutable de que la verdadera austeridad es un ejercicio teórico, mientras que el coleccionismo de lujo es una realidad tangible que se paga en divisas internacionales.

Sería un gesto profundamente solidario que López Beltrán, en un acto de benevolencia populista, decidiera compartir semejante tesoro con las masas que atesoran el proyecto político que lo cobijan a él y a su familia. Nada elevaría más el espíritu del pueblo bueno que contemplar, entre el polvo y la carencia, la sofisticación de los lunares infinitos para que los más humildes alimenten el alma con el arte de vanguardia.

